— ¿Están muertos? —Sí. —Oímos unos tiros. ¿Dónde están el
señor del Valle y mi General Miraflores? —Allá dentro —dijo García. —Usted es
García —dijo un hombre—. Lo he visto algunas veces. —Sí. Y usted es el Sapo...
—So this is the guy —dijo el otro. —Y el señor es Browning. —Vamos al estudio
—dijo el Sapo. Entraron al estudio. —Recibí su recado —dijo García—. Cuando
llegué esta tarde a mi casa, recibí su recado. —Nosotros no le hemos mandado
ningún recado, García. Pero ahora lo vamos a mandar al infierno. De todos modos
hace tiempo que le tengo ganas, desde que mató a Luciano Manrique. — ¿Cómo sabe
que fui yo? —Me lo dijo el señor del Valle. Y ahora, quietecito, para que no le
duela, como dicen los doctores... El gringo se volvió rápidamente y la bala de
Laski le dio en el corazón, echándolo hacia atrás. El Sapo saltó sobre García,
pero éste ya tenía el puñal abierto en la mano y el mismo Sapo se lo clavó en
el pecho. García tiró del puñal y lo volvió a clavar. Laski lo tomó del brazo. Se
subieron. Dos patrullas de la policía llegaban en ese instante a la casa del
señor del Valle. García arrancó el motor. —Gracias —dijo García. — ¿Está
herido? —preguntó Laski. —No. —Comprendo que ese asunto era entre mexicanos,
Filiberto, pero me vi obligado a intervenir. Es usted mi amigo. —Creí que no
era sentimental. Laski rió brevemente. —Lo necesito. Para lo que le dije hoy al
mediodía. Y cuando necesito algo, lo cuido, como cuido mi Lugger. El teléfono
es de otro chino, un tal Liu, que vive en la calle de Dolores. Está muerta,
Filiberto. Hubo un silencio. Sí. Martita está muerta, muy sola con su muerte.
Allí en mi cama. Y yo solo con mi vida. Y del Valle y el General y todos ésos
también andan ya con su muerte. Y yo solo con mi vida. Como que me van dejando
atrás. Mire Filiberto, yo creo que el chino Liu mandó a la señorita Fong a que
lo vigilara, a que espiara sus actos, creyendo que estaba usted investigando lo
de Cuba... —¿Quién la mató? —Un chino entró a su casa a eso de las cinco de la
tarde. ¿Vamos a buscar a Liu? —Sí. Se detuvieron frente a la tienda de
Liu y bajaron del coche. Tocaron a la puerta. A los pocos momentos se abrió.
Era el chino Liu. Con la cara impasible vio a García y luego al ruso. La tienda
estaba casi oscura, tan sólo iluminada por un brasero chino, con carbón y
papeles que se quemaban. Olía a humo y a incienso. —Martita está muerta —dijo
García. —Sí. — ¿La mataste? —Sí. García sacó lentamente la pistola. Laski se
interpuso. — ¿Qué papeles está quemando? —Papeles, papeles mu malos, mu
malos... Se acercaron al brasero. Un montón de billetes de cincuenta dólares
ardía sobre las brasas. Había aún dos o tres latas de té llenas de billetes y
otras muchas vacías. —Papeles mu malos —dijo Liu. García levantó la pistola.
Laski se interpuso. — ¿Es socio de Wang y ese grupo? —Qué impolta ya eso? — ¿Qué
querían averiguar de García? —Mi hijo está muelto... ¿Qué impolta lo demás? Mi
hijo mayol... Y ustedes lo matalon... Mi hijo Xaviel... — ¿Su hijo, Liu? No
sabía que tuviera uno —dijo García. Liu echó más billetes en las llamas. Eso
hicielon cuando matalon a mi hijo Xaviel... Y Malta ela como toda mujé, mala,
mu mala. Se enamoló de usté, señol Galcía, pelo eso no tiene impoltancia... Uno
sabe que la mujé es mala de nacimiento, mu mala, y que tlaiciona... Pelo luego
ella les entlegó a mi hijo Xaviel, que vino de Cuba lleno de ilusiones pala
hacel cosas mu impoltantes allá, mu impoltantes. Y él me dio a gualdal este
dinelo malo... Laski, con el cañón de la pistola, le cruzó la cara. Brotó la
sangre, pero Liu pareció no darse cuenta. Ni siquiera se llevó las manos a la
herida. García se adelantó y obligó a Laski a soltar a Liu. —Ella me
dijo que se iba a quedal con usté, polque usté ela bueno... Y yo no la cleí.
Las mujeles siemple con mentilas... Ella le dijo de mi Xaviel y está muelto.
García dejó el coche donde estaba y caminó rumbo a la Avenida Juárez. Las manos
le colgaban a los lados, pesadas, como dos cosas ya inútiles. Tengo que lavarme
las manos. ¿Para qué seguir llevado en ellas la sangre de esa gente? No
conviene entrar donde está ella con las manos cubiertas de sangre. Se puede
espantar. ¡Pinches manos! Liu la mató. Yo maté a Liu. Me están pesando las
manos. Me duelen, como muchas muertes junios. Tengo ganas de sentarme aquí en
la banqueta... en una piedra del campo, como antes en la orilla del camino.
Pero ya no hay caminos que andar con las manos que me pesan, que me duelen con
tantas muertes que llevo dentro. ¡Pinches manos! —O tal vez su gobierno le
dio órdenes para que no se pudiera llegar al fondo del asunto. O tal vez los
norteamericanos... Sería triste que usted un mexicano, estuviera trabajando a
las órdenes de los gringos. Ellos son sus verdaderos enemigos. Tal vez le pesa
su muerte, como si tuviera un hombre encima. Yo no sé lo que es eso, la muerte.
Y ella lo sabe ya. Por eso está sola. Por eso no está conmigo. Porque ella ya
lo sabe y yo no. Yo sólo sé cómo se va empezando en ese camino, cómo se vive
con una soledad a cuestas. ¡Pinche soledad!
Mire, si su gobierno le ordenó que obrara en esa forma, no
tengo nada que decir, lo comprendo. Pero de otra manera, si es por una razón
personal, sentimental... Por la señorita Fong... ¡Eso no es de profesionales!
Ninguno de nosotros mata por un motivo así. Sería absurdo. Sería un crimen. En la
cantina de la Opera el Licenciado le dijo: —El Coronel lo andaba buscando,
Capi. El Licenciado estaba muy borracho. Tenía la voz pe gajosa y los ojos
vagos. —Tiene manchas de sangre en la ropa, mi Capi —dijo el licenciado. García
destapó la botella de coñac y se sirvió en un vaso. —Antiguamente los abogados
tenían siempre manchas de tinta en las manos y en la ropa. Gajes del oficio.
Pero nosotros ya no usamos tinta. Usamos máquinas de escribir. Ustedes deberían
buscar sistemas semejantes. Toda nuestra civilización tiende a que los hombres
puedan conservar las manos limpias... Siquiera las manos. Tomó la
botella de coñac, la pagó y salieron. Cuando entraron a la casa, García no
encendió la luz. Llegaba bastante por la ventana. Fue a la cocina y se lavó las
manos. No conviene entrar donde está ella con esta sangre en las manos. Con
esta pinche sangre. Pasaron a la recámara. La luz de la ventana daba sobre
la cama y la forma hierática del cadáver. García acercó dos sillas al pie de la
cama. Hizo que el Licenciado se sentara en una de ellas. Luego fue a la cocina
y trajo dos vasos, los llenó de coñac y le dio uno al licenciado. Con el otro
en la mano, se sentó. —Rece, Licenciado. — ¿Que rece? Pero si ya no me
acuerdo... —Se lo pido como amigo. Récele algo, aunque no haya velas. El
Licenciado empezó a recitar, como en sus tiempos de monaguillo. Las palabras le
salían mezcladas, embarradas de borrachera. —Requiem eternam dona eis Domine.
García tomó un trago. La pistola le dolía sobre el corazón. ¡Pinche velorio!
¡Pinche soledad!
