En esta ocasión quiero que lean por ustedes mismos el último capítulo de esta
novela, no encontré palabras para describir este final ya que quede atónito y
muy feliz, y no supe expresarme.
El comienzo del final empieza así:
El Coronel detuvo el coche en la esquina. —Suba, García.
Arrancaron. — ¿Qué sucede? —Creo que ya dimos en el clavo, mi Coronel. Le contó
lo que había hecho en el día. — ¿No recogió el rifle? —No quería alarmarlos, mi
Coronel.
¿No serán los mismos rusos, como sospechaba antes? Se pueden
aprovechar de que creen que le vamos a echar la culpa a los chinos. —No creo,
mi Coronel. Esos rusos saben organizar sus cosas. No usan a gente como Luciano
Manrique o el Sapo. Esto es local. Y yo veo clarito que el atentado no va en
contra del Presidente gringo, sino en contra el nuestro. Aprovechando los
rumores, mi Coronel. El Coronel siguió fumando en silencio. Éste le está dando
más vueltas al asunto que una ardilla en su jaula. Capaz y hasta está echando
cuentas de qué lado le conviene quedar.
El changuito de ese Fiat verde que se detuvo allá es el mismo
que me andaba siguiendo. ¡Pinche ley! Y luego eso de que "hemos
creado", somos muchos. Cuando los plomazos, éste estaba pegado a la teta
de su madre. Y para mí que sigue pegado a la teta de mamá presupuesto y está
calculando de qué cuero salen más correas o de qué lado cae el ladrillazo. Qué
saben éstos de lo que es hacer la Revolución, de lo que es andarse muriendo por
esos caminos. —Tiene muchos hombres. —Sí, pero esto es especial. Hábleme a
las diez de la noche, puede que para entonces tenga algunas órdenes que darle.
.
Hábleme a las diez. Y comprenda que si es cierto lo e supone, estamos pasando
por uno de los momentos graves de nuestra historia. —En la
Avenida Juárez, mi Coronel. Voy a la casa. —Espero su llamada a las diez. No me
falle y no salga de su casa. Lo pudiera necesitar antes.
—Sí, mi Coronel. Pagó cuatro mil pesos por el reloj. Luego
habrá que ponerle una pulsera de oro, pero no muy gruesa, porque Martita tiene
las muñecas delgadas. La dependiente sonrió y envolvió el estuche en papel
de china blanco y le puso un moño rosa. Con esto está bueno. Voy a ver cómo
abre el estuche y cómo se prueba el reloj. No sé si haya que ponerlo antes a la
hora o dejar que ella lo ponga. Y así me preguntará qué horas son. Y a las diez
hay que ir a ver al Coronel y antes, aquí a Dolores, a ver dónde está la
fierrada. Y mañana, con eso, le compro un abrigo de pieles a Martita. Si no es
que para las diez ya el Coronel se fajó los pantalones y me da la orden.
Al
cabo ya tengo Mis centavos y luego, si cae lo de la calle de Dolores... Para mí
y para Martita. Y luego para ella sola. Hay que ver al Licenciado para que me
haga un testamento. ¡Pinche testamento! Los centavos todos para Martita y la
memoria de mis fieles difuntos para el hoyo, junto conmigo. Salió de la tienda,
caminó una cuadra y se adentró por la calle de Dolores. Se detuvo ante el
número que le habían dicho. Era la tienda de Liu, cerrada a piedra y lodo. Ora
sí que me creció. ¡Pinche chino Liu! Conque anda complicado en lo de Cuba.
¿Busca al honolable señol Liu? — ¿No está? —No. No ha abielto
su tienda en todo el día y eso es malo, muy malo. ¿Ya sabe de Maltita? —No. —Yo
cleí... — ¿A dónde fue Liu? —No sé. Lo vi salil. Es posible que esté en la
Alameda, tomando el sol. ¿Lo voy a buscal? —No, vendré más tarde. Sin hacer
ruido, con sus pisadas de gato, fue hasta la puerta de la recámara. Debe estar
durmiendo. No se ha acostumbrado a mis horas. Va a decir que siempre la vengo a
ver cuándo está durmiendo. La puerta de la recámara estaba entornada. — ¡Martita!
No le contestó nadie. Se sacó el estuche de la bolsa y empujó la puerta. No
estaba en la cama. Puede que esté en el baño, pero no se oye ruido. Pero Marta
no estaba en el baño. Estaba en el suelo, junto a la cama, cubierta de sangre,
las piernas encogidas, los ojos abiertos. García se acercó lentamente. Se
arrodilló. Se quitó el sombrero y lo dejó caer al suelo. Luego, con los dedos,
le cerró los ojos. La tomó en sus brazos y la puso sobre la cama. No había
muerto hacía mucho. Se la limpió con el pañuelo. Luego dobló el pañuelo
cuidadosamente y se lo guardó en la bolsa. Recogió su sombrero y lo puso en la
cómoda y puso el estuche del reloj en el buró. Aún escurría una poca de sangre
de la boca. Se la limpió nuevamente con el pañuelo. Se inclinó y la besó en la
frente. Luego le cubrió la cara con la sábana y se sentó en la silla, junto a
la cama. Más tarde volvió a descubrir la cara de Marta. Había una poca de
sangre seca en la comisura de la boca. La limpió con el pañuelo, pero quedó una
mancha en la mejilla. Mojó el pañuelo con agua de Colonia y lavó la mancha.
Volvió a sentarse. A las ocho y media tomó el sombrero y salió. Cerró con
mucho cuidado la puerta, sin hacer ruido. Fue al garaje donde guardaba su coche
y lo sacó. Tomó el rumbo de la Reforma y la colonia Cuauhtémoc. Se detuvo en un
café, donde había un teléfono público. —Tenemos que hablar personalmente.
Es algo muy importante. —No tengo tiempo. Usted sabe que mañana en la mañana...
—Tenemos que hablar, señor del Valle. Hay cosas nuevas, que no estaban
calculadas. —Le digo que no tengo tiempo. — ¿Quiere que se las diga al Sapo y a
Browning? — ¿Qué dice? —Browning, el gringo que trajeron. Y el Sapo, su
paisano, señor del Valle. ¿O prefiere que hable con el General Miraflores? —No
entiendo... —Creo que esta tarde me mandó usted un recado a mi casa, señor del
Valle. No estaba allí, pero cuando llegué, entendí el recado. — ¿Quiere dinero,
García? —Tal vez. Pero antes tenemos que hablar. Y no quiero hablar con el
gringo y el Sapo. Quiero hablar con usted y con mi General Miraflores. —Hay una
puerta lateral, que sólo utilizo yo. Es el número sesenta y cuatro, junto a la
reja grande. Venga dentro de media hora. Lo espero. —Bien. —Aquí hablaremos,
García. Colgó el teléfono. Salió rápidamente y tomó su coche. Del Valle vivía a
dos cuadras de allí. Localizó la puerta en una pasada del coche, lo dejó media
cuadra más adelante y se regresó a pie y esperó, envuelto en las sombras. Matar
a alguien es mandarlo a que esté solo. Mejor me hubieran sonado a mí, como lo
hacen los hombres. Pero habrán pensado que una mujer es como cualquier otra. Y
que una muerte es como cualquier otra. Así habrán pensado. Pero era Martita. Y
ahora allí está sola, con toda su muerte.
Un Chevrolet oscuro se detuvo frente al número y bajó un
militar. García sacó la pistola de la funda y se acercó, mientras el militar se
detenía frente a la puerta. —Vamos al estudio. Lo siguieron. El cuarto era
grande, con las paredes cubiertas de libros y cuadros. —Siéntese —dijo del
Valle. Parecía haber recobrado su aplomo. —Yo estoy bien de pie, señor del
Valle —dijo García. — ¿Este es García? —preguntó el General. —Filiberto García,
para servirlo, mi General. —Por lo que me dicen, se anda metiendo entre las
patas de los caballos. Le encargaron que hiciera una investigación, ya la hizo
y ya acabó su trabajo. Si quiere algo de dinero, unos cien o doscientos pesos,
se los damos y ya. García, de pie aún, vio al General Miraflores desde lo alto.
El General se sintió incómodo en su silla. Del Valle se sentó ante su
escritorio. —De gentes como sus amigos el Sapo, Luciano Manrique y el
gringo Browning, General. El Sapo y el Gringo pueden delatarlos. Manrique no,
porque yo lo maté. —Es inútil, Miraflores —terció del Valle—. García sabe
ya demasiado. —Así es. —Déjeme pensar, García. Usted me ha dicho que no tiene
simpatías políticas, que sólo cumple órdenes. —Las palabras le salían con
dificultad, como si no las encontrara dentro del cerebro—. Usted no es
comunista, ni anticomunista, no es amigo de los gringos ni contrario a ellos.
Sólo cumple sus órdenes. Porque me convenció de eso, me resolví a dejar que le
dieran el trabajo en lo de los chinos. Pero ahora no entiendo qué órdenes
cumple.
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